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Como dice Jean Claude Guillebaud en su libro El gusto del futuro: "La extenuación colectiva está ocupando el espacio del entusiasmo por el porvenir, única fuente de vida y de dignidad personal y conjunta". Tal es el ánimo que predomina hoy en el mundo. Ante esta situación, la pregunta es simple: ¿aceptamos este fracaso de la esperanza como único e irreversible destino o afirmamos, en cambio, nuestra libertad de acción renovada y firme? De apostar por la segunda alternativa, el trabajo que tenemos por delante es enorme: ¿cómo volver a tejer los hilos de la confianza en un mundo en riesgo, que ha perdido toda noción de seguridad? ¿Cómo reconstruir los puentes arrasados por los brutales desmoronamientos de los últimos años? Esta preocupación que hasta ahora parecía sólo argentina se está convirtiendo en universal. El mundo entero se pregunta hoy algo que los argentinos se vienen preguntando desde hace mucho tiempo: ¿cómo actuar cuando nos encontramos no ya frente a explosiones, sino frente a implosiones, lo que puede resultar aún más riesgoso? ¿Qué hacer cuando las cosas se van degradando de a poco y desde el interior, cuando ya no se trata de vencer enfrentamientos externos, sino de lograr reconstruir en terrenos carcomidos por la inconsistencia y socavados por la desesperanza? Esta preocupación, manifiesta en los países pobres, sumergidos en las dificultades, está latente en los países ricos, temerosos de deslizarse ellos también hacia la pobreza. Para intentar encontrar respuestas posibles, nos reunimos en Buenos Aires en busca de la experiencia que podía ofrecer un país que, contrariamente a los desarrollados, vive desde hace cincuenta años en crisis. Actuar, intentar motivar, ayudar a tejer lazos, a renovar vínculos y esperanzas, apostar a una salida conjunta positiva fue nuestra determinación cuando concebimos en 2002 nuestro proyecto de intervención en la Argentina. Había que romper para eso con enquistadas costumbres: conferencias, cenáculos, fórmulas mágicas traídas por expertos para aplicar acá. Justamente lo contrario de lo que pensábamos que había que hacer. Esta vez se trataba de escuchar, de hacer silencio, de entrar en la acción directamente con los protagonistas para aprender juntos lo que todavía se podía hacer a pesar de la situación de ruptura. La Argentina tiene mucho que enseñarnos y lo sabíamos. Se hicieron reuniones con pensadores, intelectuales, empresarios, industriales, militares, artistas y estudiantes. De ese intercambio surgió un libro publicado primero en Francia con el título de Voyage au coeur d'une implosion. ¿Qué conclusiones sacamos de esta experiencia? En primer lugar, que como consecuencia de esta larga implosión argentina, la más mínima acción requiere de una inversión desproporcionada de energía, impensable en los países industrializados. Ante una crisis de semejantes proporciones, la respuesta no puede ser la parálisis, sino la acción. La paradoja es que esta acción resultará, al principio, extremadamente modesta. Pero aun así, es necesario continuar con un mínimo de expectativas y un máximo de motivación personal, para salir de los carriles habituales y crear nuevas alternativas de acción. Es curioso cómo un país quebrado, en medio de enormes turbulencias, puede tener un mensaje útil que transmitir para evitar que descalabros semejantes se produzcan en otros lugares; y al hacerlo, ayudarse tal vez a sí mismo. Patrick Lagadec: investigador francés especialista en manejo de crisis.
Laura Bertone:
consultora argentina especialista en comunicación interpersonal.
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